ESCUELA 404
ENTREVISTA con los fundadores de la Escuela, Alexander y Nicole Gratovsky, realizada por Katerina Valiente.
Barcelona, 17 de octubre de 2026
— El código 404 significa que «no se ha encontrado nada que responda a tu solicitud». El recurso no está disponible, la información se ha eliminado o no hay forma de llegar hasta ella. Entonces, ¿qué es la Escuela 404?
NG: Una escuela que recupera información perdida o encuentra caminos hacia recursos que todavía no están a nuestro alcance. Un curso para regenerar lo que hemos perdido y cultivar aquello nuevo que necesitamos.
AG: Hace medio siglo, un tal Blakemore realizó unos experimentos bastante crueles con gatitos. Colocaban a los recién nacidos en un entorno preparado expresamente en el que había de todo, salvo líneas verticales. Cuando crecían —en apariencia, perfectamente sanos— los soltaban en el mundo normal. Y se daban de bruces contra las patas de mesas y sillas. No sabían ver las verticales. El mecanismo visual destinado a percibirlas no había llegado a desarrollarse. De la percepción del ser humano contemporáneo se han ido eliminando sistemáticamente muchos de esos «puntos de apoyo verticales». Con ellos se ha perdido toda una dimensión, la que nos da altura y profundidad. No es que hayamos perdido por completo la capacidad de verla, sino que los mecanismos neuronales responsables de esa percepción no se han desarrollado, porque desde pequeños nadie nos mostró esas «verticales». Sin ellas, el ser humano se vuelve, cómo decirlo… plano.
— ¿Puedes poner algún ejemplo?
AG: Conocemos unas treinta «líneas» de este tipo, con huellas culturales y neuronales verificables. Entre ellas está el silencio: tanto el interior, constantemente sepultado bajo problemas completamente inventados y la preocupación por uno mismo, como el exterior, sin el cual resulta imposible oír nada que no sea el ruido impuesto que llena las ondas. El «tiempo lento»: saber vivir sin plazos, sin una agenda obligatoria y sin urgencias permanentes. El pensamiento simbólico y la imaginación: Mamardashvili calificaba esta pérdida como la mayor catástrofe antropológica. La atención: la generación del scroll y del pensamiento fragmentado apenas consigue mantenerla unos 45 segundos, insuficientes incluso para seguir las conexiones más sencillas. El sentido: en los países desarrollados, el miedo a una vida sin sentido ha superado incluso al miedo a la muerte; la inmensa mayoría se queja de la falta de sentido de su trabajo y muestra lo que se conoce como «renuncia silenciosa». Lo subjetivo y lo invisible: sé que estoy perdidamente enamorado y que eso es lo más importante para mí, aunque «objetivamente» no pueda demostrarlo, ni tenga por qué hacerlo. La fe y la confianza: no hablamos de religiosidad formal, sino de una relación con el mundo y con la vida sin la cual resulta imposible aventurarse en una relación profunda o emprender algo nuevo. La alegría: ha sido sustituida por el placer, pese a que son cosas de naturaleza completamente distinta. El placer, incluido el sexual, se puede «proporcionar» y «recibir» desde fuera, mientras que la alegría, esa señal de que uno está en sintonía consigo mismo, puede brillar por su ausencia. Y la responsabilidad como firma de autor al pie de la propia vida: en una sociedad orientada hacia el control externo y los valores dictados desde fuera, esa posibilidad resulta casi escandalosa, herética.
NG: Y otras veinte «líneas» más. Algunas se han perdido a lo largo de mucho tiempo. Pero la mayoría son consecuencia de los cambios en cascada que ha experimentado nuestra forma de vivir durante el último cuarto de siglo. Al mismo tiempo, existe una nueva clase de «verticales» cuya necesidad ha surgido tan deprisa que no han tenido tiempo de formarse, ni siquiera de recibir un nombre. Eso provoca una desorientación igual de profunda y nos impide alcanzar un futuro que ya ha llegado.
— ¿Por ejemplo?
AG: El sentido del conjunto, de una unidad planetaria no local; lo que Vernadski llamaría una visión noosférica, sin la cual hoy padecemos una especie de ceguera nocturna. La visión de largo alcance en el tiempo: una conciencia prolongada de las causas y consecuencias de acciones iniciadas quizá por la generación anterior, y de nuestra responsabilidad directa ante generaciones que aún no han nacido. El sentido de lo auténtico, que permite distinguir lo que ha surgido de forma natural de aquello que ni siquiera tiene autor, porque es producto de una inteligencia artificial que ya supera la prueba de Turing. El sentido de «mi propia decisión» en un mundo donde los algoritmos adivinan deseos, moldean necesidades y nos indican cómo satisfacerlas. El derecho a la intimidad, que implica aprender a no publicar cada aspecto de nuestra vida y reservar lo importante para nuestro mundo interior, en lugar de buscar la aprobación pública de una imagen retocada. El derecho y el lujo de no ser un experto: conservar una mente de principiante, abierta y curiosa, en una sociedad donde cualquier colegiala indonesia es bloguera y coach. La confianza en la propia experiencia, el propio estilo y el propio criterio, sin la pulsera de actividad obligatoria, los likes, las tendencias o los KPI. La cercanía verdadera más allá de la distancia: en un mundo de desplazamientos constantes y separación física, ya no depende tanto del territorio o de los vínculos formales como de los significados, las emociones, las acciones y la visión del mundo que compartimos.
NG: Así que la Escuela 404 combina dos procesos: recuperar lo perdido que sigue siendo necesario y, al mismo tiempo, cultivar lo nuevo que necesitamos.
— ¿Y todo eso se puede recuperar?
AG: En los niños, sí: «basta» con ofrecerles un entorno completo, aunque cada año resulte más difícil. En adolescentes y adultos «bien educados», cuesta, pero sí es posible recuperarlo al menos en parte, lo suficiente para salir de un callejón sin salida. El cerebro conserva su plasticidad durante toda la vida. La humanidad es capaz de olvidar algo en una sola generación, pero también de redescubrirlo o crear algo nuevo con la misma rapidez.
NG: Pues, durante los dos años de pandemia, la humanidad cambió prácticamente todas sus costumbres, desde la fiesta global ininterrumpida hasta el primer cierre de escuelas y templos a escala planetaria y el confinamiento de miles de millones de personas en sus casas. Había una oportunidad de construir algo alegre sobre aquel terreno despejado. Pero la gente se lanzó como loca a reforzar precisamente aquello que nos había llevado al callejón sin salida. Sin embargo, sin darse cuenta, demostró que era capaz de transformar radicalmente, y de un día para otro, los fundamentos mismos de su forma de vivir. Solo faltaría una visión sensata del futuro… una visión del mundo. Esa es, en realidad, la tarea de una verdadera escuela.
— ¿La Escuela 404 pretende sustituir a los colegios actuales?
NG: En absoluto. Es simplemente una forma de disfrutar del tiempo libre, para quienes se permiten tenerlo. No compite con la enseñanza convencional ni se solapa con ella: se ocupa precisamente de lo que esta deja fuera de su ámbito. La escuela actual se basa en asimilar conocimientos y habilidades seleccionados y aprobados porque resultaban útiles al sistema cuando se eligieron. Ofrece respuestas «correctas» ya preparadas a preguntas que uno no se ha planteado, sino que recibe como una obligación. Así se forma una persona reactiva y manejable, que devuelve automáticamente, y con aburrimiento, las pelotas que le lanzan, pero no elige el sentido ni el objetivo del juego, ni sus reglas, su ritmo o el juego mismo. No se elige a sí misma ni dirige su propia vida; mucho menos sabe dar paso a lo que puede surgir a través de ella, desde dentro y no desde fuera.
AG: La cultura se cultiva, no se recibe empaquetada y lista para consumir. Por eso se puede estar formalmente «educado» y carecer de una cultura del pensamiento, de la relación, de la búsqueda, de la elección y de la toma de decisiones. Faltan las herramientas y las destrezas. Y también el tiempo: hay demasiadas normas, conocimientos y habilidades «útiles» que aprender para luego cumplirlos diligentemente.
NG: En realidad, la escuela nació como una forma de satisfacer la curiosidad: tiempo libre dedicado voluntariamente al propio desarrollo. «Escuela» significa literalmente ocio. Que se haya dado la vuelta a su esencia y convertido en un trabajo obligatorio, con horarios, vigilantes y exámenes, es uno de los grandes engaños de nuestra cultura. La gran aportación de la escuela natural es el juego libre: explorar los límites de las realidades posibles y las reglas para vivir en ellas.
AG: Ese Juego es una de las «líneas verticales» perdidas más importantes. Ha sido desplazado por completo por «actividades útiles» dirigidas por mentores externos supuestamente capacitados, que «saben» cómo hay que moldear a una persona y con qué reglas debe jugar «correctamente».
NG: Esta sustitución ha invadido toda la formación de la persona. Lo que solo puede nacer y crecer desde dentro, como cualquier ser vivo, se intenta producir mediante instrucciones y esfuerzos externos. El resultado es una alfombra de césped artificial muy práctica: se desenrolla donde convenga, las florecillas parecen auténticas y, sobre todo, mejor no escarbar. Debajo no hay nada. No hay tierra, así que no crecerá nada inesperado. Todo controlado. Por eso 404 es un palíndromo: vuelve a poner el concepto sobre sus pies y le devuelve su sentido. A Dios lo que es de Dios; a la Escuela, el Juego, entendido como creación valiente de realidades que despiertan un interés verdadero.
— ¿Es ese el principal método de la Escuela 404? ¿En qué más se basa, aparte del Juego?
AG: Ante todo, en la experiencia directa de cada persona. A diferencia de las creencias, es más difícil engañarla. Las capacidades perdidas no se recuperan con conferencias, órdenes ni sermones. Las «líneas verticales» no aparecen por arte de magia ni pueden inventarse: hay que descubrirlas en la propia naturaleza. Para buscarlas nos apoyamos en patrones e invariantes presentes en las tradiciones culturales que han producido grandes logros en ámbitos muy diversos. Por ejemplo, pese a las diferencias de métodos y lenguajes, en el desarrollo integral de la persona se aprecia un elemento común entre el sufismo, el zen, el hesicasmo y el «cultivo de la vida» taoísta. Las investigaciones actuales en neurofisiología contrastan esas huellas culturales con los mecanismos neuronales. Los estudios de Richard Davidson, por ejemplo, indican que las vivencias de felicidad, alegría, plenitud e incluso serenidad en alguien que sabe vivir en armonía con su cerebro y sus decisiones pueden ser 700 (¡setecientas!) veces más intensas y estables que en un urbanita medio. Y la neuroplasticidad permite desarrollar esa capacidad.
NG: Para cultivar las líneas que aún no han surgido tenemos el método de los casos excepcionales. Como el mundo actual no cree en milagros, evitamos esa palabra y hablamos de excepciones a las reglas. Toda regla tiene excepciones, aunque suelen resultar incómodas porque pueden cambiar las reglas aceptadas y ampliar sus límites. Todos conocemos casos extraordinariamente improbables según nuestra idea actual del ser humano, pero nuestras herramientas no permiten reconstruir el proceso ni las relaciones de causa y efecto. Eso irrita a los guardianes de la normalidad, que prefieren ignorar o prohibir esas «rarezas». Nosotros proponemos entrar en ellas: quizá esos armarios escondan una puerta a Narnia.
AG: La Escuela ayuda a cada cual a encontrar una salida así. La propia búsqueda nos saca del piloto automático: a cualquier edad, si descubres una madriguera de conejo en tu desván, no necesitas cursos de atención ni de motivación para implicarte por completo. Nuestro Gabinete de Curiosidades reúne ya una colección singular de casos, con análisis de las estrategias de conducta de quienes lograron acceder a ese espacio desconocido. En ellos puede estar la clave para aumentar la probabilidad de acontecimientos deseables y aparentemente improbables.
— Creo que ya te lo he preguntado, pero insisto: ¿por ejemplo?
NG: ¿Recuerdas a Jacques Mayol, el homo delphinus? Hace apenas unas décadas se aficionó a bucear a pulmón. Los médicos le explicaron convincentemente que bajar de treinta metros sin botella era incompatible con la vida. Él ignoró la explicación y llegó a los cien metros. Un escándalo, claro: en una sociedad respetable no se hace eso, se cree a los expertos. Pero obligó a reconocer que el organismo humano dispone de recursos y mecanismos cuyo descubrimiento ensancha de golpe nuestra idea de lo normal. Ahora hay escuelas de apnea por todas partes.
AG: Y, hablando de aprender de otra manera y aprender otras cosas, Derek Amato sufrió un fuerte golpe en la cabeza a los cuarenta años. Días después se sentó por primera vez ante un teclado y empezó a tocar como si llevara toda la vida estudiando música. Tocó seis horas seguidas, con la naturalidad de quien respira. Quienes llevamos años repitiendo escalas nos preguntamos: ¿pero se podía hacer así? Y lo fundamental es que no es un caso aislado. Hay un conjunto de casos semejantes: decenas, quizá centenares, de personas con capacidades de savant adquiridas que un día despiertan sabiendo varios idiomas o mostrando talentos artísticos o matemáticos.
— ¿Y existen varios grupos de casos así?
AG: Hablamos de conjuntos de casos documentados que revelan capacidades potenciales en los ámbitos físico, emocional, intelectual, espiritual y otros. Remisiones espontáneas. Sinestesia. Serendipia. Experiencias cumbre. Estados de plenitud de recursos. Clarividencia extraordinaria. Soluciones paradójicas que producen resultados excepcionales. El fenómeno del genio. «Coincidencias casuales»: sincronicidades. Más de veinte conjuntos verificados que indican que el ser humano es muchísimo más de lo que ha aprendido sobre sí mismo en el colegio y la universidad.
NG: O, mejor dicho, algo completamente distinto.
AG: La mente es un proyecto inacabado. No es estática: puede desarrollarse o degradarse. Hay líneas eliminadas porque en cierto momento resultaban incómodas para el sistema; hay que recuperarlas. Otras no han surgido todavía porque no hacían falta: debemos detectarlas y evitar que sean pisoteadas mientras crecen, pues sin ellas no podremos atravesar territorios para los que aún no existen palabras ni mapas. Cuando aparece una de esas capacidades, se produce una transformación.
NG: Quien percibe dimensiones ocultas para otros accede a aspectos de la realidad que no existen en la conciencia de estos. Interactúa con el mundo y obtiene resultados de un modo incomprensible para los demás. Les parece magia y esa persona, un farsante o un auténtico taumaturgo, hasta que descubren esos canales en sí mismos. Son distintas entradas a un mismo espacio donde el ser humano ya no vive aislado del mundo, sino como un sistema abierto, proyectado más allá de sí y unido al mundo por todas esas líneas verticales.
AG: Frente a los eufemismos de la ciencia moderna, aquí hay una definición precisa de inteligencia: «la capacidad de apoyarse en las fuerzas del mundo sin destruirlo».
— Vaya… Entonces, en cierto sentido, ¿la Escuela 404 es sinónimo de Hogwarts?
NG: Hogwarts es una fantasía maravillosa; la Escuela 404, una realidad divertida. Y con la realidad no se negocia. En Hogwarts los alumnos van a comprar una varita mágica. En la Escuela 404 creemos que la varita está dentro de cada uno y actúa a través de él. Forma parte de su ser. Por tanto, no es usuario ni consumidor de un mundo maravilloso, sino co-creador. Es otra manera de entender al ser humano, otra antropología.
— En Hogwarts había asignaturas mágicas, desde hechizos hasta vuelos en escoba. ¿Qué «asignaturas» tendrá la Escuela 404?
AG: No habrá «asignaturas» propiamente dichas. El mundo no está dividido en compartimentos estancos. En Forastero en tierra extraña, de Heinlein, todos piden al protagonista, criado por marcianos y de vuelta en la Tierra, que les enseñe algo extraordinario: mover objetos, besar a una chica hasta hacerle perder la cabeza, descansar tumbado en el fondo del agua… Un cuarto, que no llegó a salir en la novela, quiere volar en escoba. Él responde que aprender cada habilidad por separado exigiría muchísimo esfuerzo para obtener resultados mediocres. ¿Qué propone entonces? ¡Aprender marciano! Al asimilar el idioma, su visión del mundo y su manera de pensar, esas habilidades vendrán solas (salvo las que ya no os interesen), junto con otras muchas que ahora ni imagináis. La Escuela 404 es un curso intensivo de inmersión en marciano.
— Además de las asignaturas «generales» propias de una escuela convencional, ¿qué otras cosas no habrá?
AG: Grooming y networking disfrazados de comunicación profunda. No organizamos retiros en Bali, talleres para triunfar, sesiones de marca personal, constelaciones familiares ni todo ese ajetreo alrededor de la vida saludable. Son intentos de tapar agujeros en el techo con tablitas de contrachapado pintadas de azul cielo. Tampoco habrá una «agenda de actualidad». Por mucho que nos importe lo que sucede, esos acontecimientos son consecuencia de haber perdido las conexiones verticales, y nada se arreglará sin recuperarlas antes. No podemos ponernos de acuerdo sobre qué luz es roja y cuál verde si tenemos los ojos cerrados.
— ¿Los profesores serán marcianos?
NG: A los marcianos les resultaría insoportablemente aburrido. Y meterse en nuestros asuntos no sería muy ético. Además, ni siquiera sabemos si existen. Así que serán terrícolas que hablen ese idioma. Gente bastante peculiar, en su mayoría. Aunque tampoco hay mucho que enseñar: se trata más bien de estar al borde del precipicio entre el centeno para que los niños, absortos en sus juegos, no se despeñen. Esa presencia atenta es el testimonio sin el cual no existe transmisión directa. Un viejo amigo nuestro, el etólogo Jason Badridze, primer científico que vivió dos años enteros con una familia de lobos, contaba cómo proponía una tarea nueva a un cachorro. Para aprenderla necesitaba al menos veinte intentos. Si había cerca un lobo que ya sabía resolverla, bastaban cuatro o cinco. Sin clases, sermones, demostraciones ni sonidos: la mera presencia atenta de quien sabe multiplicaba por cinco la velocidad del aprendizaje.
— ¿De dónde vais a sacar a esos… tutores? ¿Moderadores? ¿«Testigos»?
NG: Son nuestro principal patrimonio. En 2008 creamos la Embajada de los Delfines, con un centro permanente de investigación en Canarias: el primer centro interespecies dedicado a algunos de los portadores de conciencia más antiguos y desarrollados del planeta. Empezamos a pasar mucho tiempo con ellos, en su propia casa, y poco a poco nos dejaron participar en sus juegos, escuelas, fiestas, descansos y funerales… Aprendíamos el idioma. Invitábamos a nuestras expediciones a personas de talento muy diverso que no temían nadar más allá de las boyas, desde investigadores de la conciencia hasta músicos de jazz. En 2012 reunimos un equipo interdisciplinar y emprendimos una expedición de un año alrededor del mundo, Arqueología de las Posibilidades, precisamente para encontrar aquel elemento común entre culturas, un antídoto contra la degradación, un «elixir de la vida».
AG: En cada país buscábamos sobre todo a personas que encarnaran la capacidad de vivir con sentido, creatividad y alegría. En 2019 reunimos en Delfos la Asamblea NOW (Nature of Wonders): 150 autores de descubrimientos científicos revolucionarios, prácticas sociales, obras culturales y otras iniciativas, procedentes de 25 países. Se convirtió en un club permanente de pensadores y agentes de cambio. En Barcelona, en 2026, decidió crear la Escuela 404, cuyo enfoque se basa en los descubrimientos de esta comunidad.
— ¿Puedes dar algunos nombres?
NG: Ashok Khosla, antiguo director del programa de medio ambiente de la ONU, fundador de Development Alternatives y copresidente del Club de Roma. Barry Kerzin, científico y médico estadounidense, monje budista en activo y médico del Dalái Lama. Giacomo Rizzolatti, neurofisiólogo descubridor de las neuronas espejo, mecanismo vinculado a la empatía y la compasión. Pablo Verón, el «arcángel del tango», la única persona que conocemos cuya inteligencia corporal se puede comparar con la de un delfín. Jean Becchio, psiquiatra creador de un método de activación de la conciencia. Gia Dvali, físico cuántico que demostró que ni siquiera dentro de un agujero negro desaparece la información, sino que se codifica de otra manera. Paco Calvo, investigador de la inteligencia de las plantas, esa «civilización vertical». Mark Moffett, el «doctor Bichos», entomólogo que ha pasado media vida en expediciones y experto en la «mente de colmena» de los insectos sociales, abejas y hormigas tan parecidas a nosotros. David Rothenberg, multiinstrumentista y profesor de filosofía que toca a dúo con animales tan distintos como ballenas y pájaros.
AG: De Rusia: Aleksandr Asmólov, impulsor de la tolerancia a la incertidumbre y de los conceptos de cultura de la dignidad y preadaptación, la capacidad de no perder el rumbo ante el futuro. Slava Polunin, gran embaucador y fundador de la Academia de los Locos. Mijaíl Kazínik, músico y divulgador que sumerge a públicos de cualquier edad en la corriente viva de eso que llamamos cultura humana.
— ¿Cómo se organizará el aprendizaje? ¿Será un programa online?
AG: Es una Escuela de Inteligencia Natural. Su centro es la experiencia subjetiva directa: sensorial, afectiva, emocional, corporal, espiritual, viva y continua; todo aquello que, por principio, no se puede digitalizar. La pantalla sirve para vernos y acordar adónde iremos a buscar experiencias reales; y, al volver, para conversar sobre nuestros hallazgos.
NG: Es una expedición en busca de auténticos tesoros. Cada uno sale a buscar lo que en ese momento considera más importante, aunque luego pueda cambiar. Habrá un mapa provisional del territorio de las posibilidades: el supuesto Bosque de las Líneas Verticales. Como en cualquier mapa, aparecerán zonas donde creemos que están sembradas o escondidas determinadas líneas. Solo las que podamos identificar con cierta seguridad; los descubrimientos personales más importantes pueden ser inesperados. También hay regiones desconocidas donde nadie ha puesto un pie y puede haber de todo: trampas, ciénagas, pantanos, pasadizos subterráneos, descampados y laberintos.
AG: Al principio de la semana hay una reunión online donde se ofrecen herramientas e hipótesis. Después cada participante elige la cuadrícula del mapa que más le atraiga y sale a explorarla a su ritmo y por su propio camino. Por la noche escribe en el diario de su expedición. No una publicación en redes, sino una nota manuscrita en un cuaderno: una observación íntima, no una exhibición cuidadosamente maquillada para provocar reacciones.
NG: Los viernes —una tradición que nos encanta desde nuestras primeras expediciones arqueológicas— volvemos a reunirnos online y ponemos sobre la mesa las frutas, bayas, objetos extraños y fragmentos de cerámica que hemos encontrado. Los comentamos, señalamos nuevos hitos en el mapa, pensamos qué sopa cocinar o qué mosaico componer con ellos. Y acordamos los siguientes pasos: investigamos el territorio juntos. La teoría viene después de la práctica, cuando ya ha aparecido en ti un mecanismo nuevo, has reunido hallazgos y trofeos y te surgen preguntas que necesitas aclarar. No te hacen preguntas para que adivines la respuesta «correcta»; las preguntas nacen de lo nuevo que estás viviendo y aún no sabes cómo interpretar. Avanzamos por territorios desconocidos en grupos pequeños, encordados como los alpinistas. Juntos podemos sacar un pez demasiado grande para una sola persona. Y, si hace falta, hay acompañamiento individual.
AG: En resumen, una parte de pantalla por nueve de auténtico trabajo de campo. La mayoría vive hoy exactamente al revés. Dedicamos aproximadamente una semana a cada «vertical». El programa dura unos nueve meses —no hemos inventado nosotros ese plazo—, es decir, un curso académico. Más rápido es imposible, aunque se empeñen nueve mujeres muy enérgicas trabajando juntas.
— ¿Los niños y los adultos seguirán itinerarios distintos?
NG: Serán grupos distintos, por razones evidentes. Cada edad tiene su propia relación con el universo. Pero las líneas verticales son las mismas y los caminos, comunes. La diferencia es que a un adulto le basta entender por qué conviene ejercitar la relación con, por ejemplo, lo invisible, lo que no captan los ojos ni los instrumentos. Para los niños hay que inventar una forma apasionante, pongamos un juego llamado «Cazadores de lo Invisible».
AG: Y eso trae otra ventaja: la pareja ideal de alumnos en una misma barca es un progenitor con su hijo. No solo fortalece el vínculo entre generaciones, sino que permite una transmisión en ambas direcciones. Antes el guía era siempre el adulto; aquí, depende. Primero, porque el niño aún sabe que los animales hablan y que los milagros suceden, y puede ayudar al adulto a recordarlo. Segundo, porque se mueve con mucha más naturalidad en el mundo nuevo y en algunos ámbitos es verdaderamente más competente, no solo con los dispositivos, sino en lo que exige librarse de estereotipos y automatismos aprendidos. Por eso habrá grupos especiales de padres e hijos. Quizá sean los que vayan en cabeza.
— Dicen que, para que una iniciativa funcione, debe tener un 20 % de novedad y un 80 % de elementos conocidos. ¿No crees que vuestra proporción es la contraria?
AG: Primero, casi todo el mundo ve ya que este tren ha llegado a la última estación. No queda terreno para tender vías. Hay que desalojar los vagones, que empiezan a levantarse, y cambiar de medio de transporte. Ya no hablamos de la Salida de hace unos años, sino de la Salida de Emergencia. Ese 80 % antiguo son huellas en la arena. El futuro ya no se deduce del pasado: el día ha llegado y el tiempo se ha cumplido. Segundo, todas las ideas nuevas parecen herejías al principio. No hay remedio. Tercero, nuestra idea tampoco es especialmente nueva. Sin convertir la escuela de Platón en un mantra, recordemos modelos contemporáneos de educación viva: Peter Gray (Free to Learn), Ivan Illich (La sociedad desescolarizada) y sir Ken Robinson (Escuelas creativas). Nosotros solo hemos relacionado lo que distingue a personas extraordinarias de distintas culturas con los avances más recientes de la neurofisiología. Por cierto, a principios de 2027 aparecerá algo que no es exactamente un manual, sino una guía por los territorios de sentido de la Escuela: El ser humano 404.
NG: Y cuarto, llevamos un cuarto de siglo dedicándonos a esto —justo el periodo en que más ha cambiado nuestra manera de vivir—. Antes era un programa «para los nuestros», a puerta cerrada, durante los festivales internacionales anuales de Delfinidad. Ahora parece que pasa a ser el programa central y abierto.
— ¿Qué requisitos hay para entrar?
AG: Un test con preguntas elementales de un formulario marciano: «¿Cuál fue el propósito de tu nacimiento?», «¿Qué harías si fueras omnipotente durante quince minutos?», «¿Qué pretendes aprender aquí?» y otras similares. Al final haremos casi las mismas preguntas; cada cual valorará por sí mismo cómo han cambiado sus respuestas. Para el precio de matrícula se elige una de tres opciones. La elección se hace de antemano y no modifica el programa principal, pero forma parte de él. Además hay actividades optativas: encuentros con autores de descubrimientos, talleres y experimentos, acceso al centro de información, juegos en el Museo de los Errores, formación de equipos para explorar nuevos territorios, sesiones presenciales —al principio, trimestrales, en la Embajada de los Delfines de Canarias y el Estudio 404 de Barcelona— y, más adelante, un club de antiguos alumnos, entre otras cosas.
— Muchas escuelas prometen que al terminar no te reconocerás. ¿Qué prometéis vosotros?
NG: ¿Quieres provocarnos para que contestamos «por fin te conocerás a ti mismo»? Pues te vas a quedar con las ganas. Pero esperamos que te resultes más interesante. Y que también te lo resulte la Vida en su conjunto.
AG: Inter esse significa sencillamente «estar dentro». ¡Cariño, ya estoy en casa! Una alegría enorme, ¿no te parece?

